Radar Tecnoic #2026.33

Radar Tecnoic #2026.33

Hola,

Hay semanas dominadas por un nuevo modelo de inteligencia artificial, un dispositivo o una gran presentación. Esta ha sido distinta. El hilo más interesante ha estado debajo de todo eso: la infraestructura digital está cambiando de forma.

Lo vimos incluso el miércoles, cuando el eclipse solar del 12 de agosto convirtió un fenómeno astronómico en una cuestión también tecnológica: horarios calculados con precisión, mapas, móviles, cámaras y recomendaciones de seguridad para un acontecimiento que millones de personas siguieron mirando tanto al cielo como a una pantalla.

Pero el cambio más profundo está ocurriendo precisamente en esos móviles.

Europa está acelerando la retirada de tecnologías que durante décadas sostuvieron nuestras comunicaciones. Esta semana hemos analizado qué significa realmente el apagado del 2G y 3G en España, y la parte más interesante no está en los smartphones recientes. Está en todo lo que lleva años funcionando silenciosamente mediante GSM o GPRS: alarmas, ascensores, sistemas de teleasistencia, TPV, coches, contadores y equipos industriales. El 3G está desapareciendo antes, mientras el 2G resiste precisamente porque hay una enorme cantidad de dispositivos difíciles de sustituir.

Y mientras unas redes terrestres se apagan, otras empiezan a extenderse varios cientos de kilómetros hacia arriba.

El Direct to Cell está acercando la conexión vía satélite a los móviles convencionales. MasOrange prueba Starlink, Vodafone prepara su estrategia con AST SpaceMobile y Telefónica estudia esa misma tecnología. La idea es especialmente potente porque no exige necesariamente sacar un terminal satelital especial de la mochila: el propio smartphone podría recurrir al cielo cuando desaparezca la cobertura terrestre.

Europa quiere además controlar una parte de esa infraestructura. El proyecto IRIS² ha superado uno de sus primeros grandes hitos técnicos y económicos y aspira a desplegar una constelación de 290 satélites en distintas órbitas para 2030. No pretende simplemente fabricar un “Starlink europeo”: detrás hay comunicaciones gubernamentales, conectividad comercial, servicios críticos y, sobre todo, la intención de no depender completamente de infraestructuras ajenas.

Esa misma palabra —dependencia— apareció esta semana bastante más cerca de tierra.

Europa también está intentando reducir su dependencia de AWS, Azure y otros grandes proveedores de nube. Y aquí el problema resulta especialmente interesante: soberanía no significa simplemente guardar los datos en un servidor situado en Madrid, París o Frankfurt. Importan quién controla la plataforma, qué legislación afecta al proveedor, cuánto cuesta salir de ella y qué ocurriría si una organización necesitase migrar sus cargas. Después de años construyendo sobre los grandes hyperscalers, reducir el vendor lock-in será mucho más difícil que redactar una nueva regulación.

La infraestructura, además, no solo tiene que ser autónoma. Tiene que resistir ataques cada vez más rápidos.

Los datos de Cloudflare que analizamos esta semana son una buena advertencia: mitigó 805 ataques DDoS superiores a 1 Tbps en apenas tres meses. A esa escala, proteger un servicio ya no consiste en instalar un servidor más potente. La defensa tiene que producirse antes de que el tráfico alcance el cuello de botella.

Y aparece otro acelerador: la inteligencia artificial. Los modelos avanzados ya pueden ayudar a localizar vulnerabilidades y reducir drásticamente el tiempo necesario para analizarlas. Eso comprime el patch gap: si descubrir o reconstruir un fallo pasa de días a horas, una organización que necesita semanas para desplegar una actualización empieza la carrera con desventaja.

Europa está respondiendo también desde la regulación. A partir del 11 de septiembre, el Cyber Resilience Act empezará a exigir que determinadas vulnerabilidades explotadas activamente se comuniquen en un primer aviso dentro de las 24 horas. No exige resolver el problema en un día, pero sí cambia la expectativa: detectar, escalar y comunicar rápido deja de ser únicamente una buena práctica técnica para convertirse también en una obligación regulatoria.

Y todo este despliegue de redes, cloud, seguridad y capacidad de cálculo tiene sentido porque las aplicaciones que construimos encima son cada vez más exigentes.

Un ejemplo especialmente llamativo ha llegado desde Google. Su sistema experimental AMIE ya puede mantener consultas médicas mediante videollamada, escuchar al paciente y analizar información visual en tiempo real. Sigue siendo investigación y las pruebas se han realizado en escenarios simulados, pero representa un salto importante respecto al chatbot al que simplemente describimos síntomas por escrito.

Quizá esa sea la imagen que mejor resume la semana.

Estamos retirando redes creadas hace décadas mientras construimos otras que llegan al espacio; intentamos reducir dependencias en la nube mientras los ataques aumentan de escala; y desarrollamos inteligencias artificiales que empiezan a observar, razonar y actuar sobre información del mundo real.

La tecnología visible cambia rápido. La infraestructura que la sostiene, esta semana, todavía más.

Nos leemos el próximo viernes.